Hacía calor. A través del oscuro templo le llegaba la pausada y monótona voz del viejo cura, pero él no escuchaba. Nunca lo hacía. No era hombre religioso, aunque todos los domingos se ponía su mejor traje y recorría con paso lento las callejuelas que desembocaban en la pequeña parroquia. No era hombre religioso, pero no faltaba nunca a su cita. Le gustaba ir allí para pensar, tranquilo, sin más sonidos que la lejana voz del párroco y el repiqueteo de las pulseras de las ancianas devotas mientras se abanicaban con solemne lentitud. Se sentaba en la última fila y allí permanecía quieto hasta que le daban permiso para ir en paz.
Y es que César tenía mucho en que pensar. Había matado a un hombre, a propósito. Le había apuñalado a conciencia con una vieja navaja y había observado con gesto frío la sangre que brotaba de sus heridas. Y tras esperar unos minutos, César se había alejado con parsimonia de la macabra escena del crimen; su crimen, con la tez pálida y los ojos hundidos, pero con una sonrisa.
Un año antes de estos aciagos hechos, César era un tipo normal. Uno más dentro de esa gran masa inerte que llena las calles y los bares y los psiquiátricos. Con 40 años ocupaba un puesto cómodo como gerente de una empresa repartidora. Tenía un piso digno en el centro de la ciudad, un coche práctico y un perro fiel. Con cinco años de viudedad a sus espaldas, César era un hombre solitario e introvertido. A pesar de esto era un tipo con suerte; tenía un par de buenos amigos, de esos que no mucha gente puede afirmar haberlos tenido jamás. Una amistad tan arraigada que llenaba el vacío dejado por esas otras amistades hipócritas que se suelen hacer en el transcurso de la vida.
Como buen animal de costumbres, César tenía una vida monótona: trabajo, paseo, café y sofá. Una película, un libro, quizá un documental de historia o unos crucigramas. Tres veces por semana salía con sus amigos Jaime; librero de profesión, inteligente y callado, y Charles; un londinense con corazón mediterráneo, gritón, pasional y amante del fútbol. Los tres se conocieron en la tenebrosa librería de Jaime hacía ya más de veinticinco años, cuando eran unos entregados estudiantes y todavía veían el futuro como un lienzo en blanco. Pasados tantos años, ya desencantados con la universidad, la sociedad, la vida en general y con el lienzo lleno de garabatos y manchurrones, seguían viéndose y necesitándose los unos a los otros. Se citaban en uno de esos sucios bares que están en una de esas sucias esquinas, en el centro de una de esas sucias ciudades. No era un bar cosmopolita ni moderno, de hecho se podía calificar de antro peligroso, pero era de algún modo un lugar acogedor donde guarecerse de las prisas y las carreras contrarreloj que los decentes ciudadanos libraban en las aceras, y además la comida y el servicio eran más que aceptables.
Ese lunes estaban como siempre sentados en la mesa cercana al ventanal, con unas solitarias copas decorando la mesa y hablando de nada y de todo a la vez, en sus charlas filosóficas o mundanas sobre lo cotidiano o lo metafísico. No había límites ni fronteras en sus conversaciones.
- Ahora viajar tiene otro sentido, la gente va con otro concepto- masculla Jaime, mientras saca un cigarrillo con parsimonia- Quieren llenar sus cámaras fotográficas de recuerdos que después no vuelven a ver jamás y que, además, son exactamente iguales que los del resto de turistas… Hoy no se viaja por conocer, se viaja porque está bien visto… ya sabéis, dar una imagen culta cara a la galería y toda esa mierda.
Charles le apoya con vehemencia - ¡Tienes razón! esos imbéciles esperando colas interminables para destrozarlo todo con sus manazas y su basura…
- Pues yo creo que, se vaya con la intención que se vaya, siempre se saca algo bueno. Así que es mejor dejad que la gente viaje, aunque sea con la motivación errónea - César dice esto mientras hace un gesto desenfadado con la mano, como queriendo zanjar el tema, por aburrido.
- Siempre tan frío; ecuánime cual Rey Salomón… - se mofan Jaime y Charles.
Ríen sin ganas los tres compañeros, mientras deslizan a la vez las cenizas de sus cigarrillos, puro en el caso de Charles, al cenicero de porcelana blanca que decora la mesa.
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